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Deltombe: «La islamofobia, un instrumento de poder que permite reformular el racismo de antaño»

El periodista y ensayista francés Thomas Deltombe explica a Middle East Eye que la islamofobia en Francia no es en absoluto un fenómeno nuevo.

 

Después de los atentados de Charlie Hebdo y del hipermercado Cacher en enero de 2015, el número de actos islamófobos aumentó sensiblemente. En este país en el que viven unos cinco millones de musulmanes, la comunidad musulmana más grande de Europa, el número de actos islamófobos en el primer semestre de 2015 aumentó un 281% según el Observatorio Nacional contra la Islamofobia (ONCI). Tras los atentados del 13 de noviembre, 222 actos islamófobos fueron registrados por el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF).

No obstante, aunque esas cifras indican un aumento inquietante, la islamofobia que suponen no sería en absoluto un fenómeno nuevo. Es lo que sostiene el periodista y ensayista Thomas Deltombe, autor de El islam imaginario: la construcción mediática de la islamofobia en Francia (1975-2005) de la editorial La Découverte (2005), una obra en la que se investiga la construcción mediática y política de la figura de la persona musulmana en Francia.

 

MEE: El año 2015, en el que Francia fue objetivo de dos atentados importantes revindicados por grupos que se dicen «islámicos», ¿marcó una ruptura de las relaciones entre las representaciones públicas islámicas y los musulmanes en Francia?

Thomas Deltombe: Después de estudiar las representaciones mediáticas del islam en Francia desde los años 70 hasta el presente, soy escéptico cuando se habla de «ruptura» y de «novedad». Mucho de lo que se cuenta hoy sobre el «islam» y los «musulmanes» (muy entrecomillas) ya era un germen en décadas pasadas. A pesar de las evoluciones y y los momentos de aceleración, los representantes públicos no cambian de un día para otro.

Por lo que concierne al período más reciente, que no data de los atentados perpetrados en enero y noviembre de 2015, veo dos evoluciones importantes. La primera es el reconocimiento del fenómeno llamado «islamofobia». Durante años, las élites francesas se negaban a utilizar dicho término a nivel global, y por lo tanto, a entender el fenómeno descrito, pero la situación ha evolucionado ligeramente desde hace dos o tres años. Aunque el término todavía está lejos de ser consensuado, un número creciente de responsables políticos y mediáticos franceses ya acepta su uso. Esto último es resultado de varios fenómenos: primero, de la explosión de eventos, ataques y discursos que no pueden ser considerados otra cosa que «islamófobos»; y en segundo lugar,  del trabajo paciente de diversas asociaciones que, a pesar del difícil ambiente, han conseguido introducir poco a poco el debate de la islamofobia en las agendas políticas y mediáticas.

El segundo fenómeno importante, que no excluye el anterior, es la radicalización de una parte de los millares de islamófobos. Como Pegida en Alemania, ciertos grupúsculos y personalidades se radicalizan en su odio hacia lo que imaginan es el «islam». El discurso de ciertos «intelectuales» y periodistas franceses es cada vez más radical. Para ilustrar esta tendencia podemos pensar en un periodista como Éric Zemmour, cuyos últimos libros, particularmente reaccionarios, se venden por centenares de miles. Otro ejemplo interesante es el de Alain Finkielkraut, cuyo discurso sobre el «islam» es de alguna forma todavía más radical que el del Frente Nacional pero que, él también, vende sus ejemplares por centenares de miles y ha sido incluso nominado para formar parte de la Academia francesa. Aparentemente, la islamofobia se ha convertido en un jugoso filón…

Se podría añadir una tercera evolución a las dos anteriores: la emergencia de un discurso islamófobo de aspecto «anti-islamófobo». Esta evolución es el resultado de las dos anteriores, pero resulta un fenómeno un tanto clásico: mientras que el racismo es nombrado como tal (en su variante islamófoba) y una parte de los miles de racistas se radicalizan (en este caso se enfocan en el «islam»), aquellos a los que podríamos denominar «racistas moderados», es decir, aquellos que participan del sistema racista «sin saberlo», tienen tendencia a camuflar o inhibir su racismo. Esto es, en mi opinión, lo que está pasando en la actualidad: una parte de las élites francesas acepta denunciar la islamofobia, pero solo lo hacen de forma superficial, cautivadora y moral, cuidándose muy bien de no ser nunca interrogados sobre esta nueva forma de racismo revelado por las estructuras de poder en la sociedad francesa. Esta inhibición obviamente no es fortuita.

 

MEE: Utiliza el término “inhibición” para calificar la negativa a considerar la islamofobia como un hecho social y probado en Francia. ¿Por qué esta inhibición?

Thomas Deltombe: La islamofobia es, obviamente, un instrumento de poder. Se trata de un formato relativamente reciente, de hace dos o tres décadas, que reformula el racismo de antaño. Se trata, en otros términos, de una codificación. Allí, donde se hable de «árabes», se hablará de «musulmanes». Allí, donde se diga querer defender la «civilización cristiana», a partir de ahora se favorecerán los supuestos «valores de la República francesa». Toda una serie de grandes «valores», calificados de «franceses» un poco a la ligera, son movilizados (en el sentido cuasi militar del término) para erigir y mantener una barrera simbólica que los separa a «ellos» de «nosotros»: la laicidad, la condición de las mujeres, la libertad de expresión, etcétera. Todo ese discurso emergió en los años ochenta, cuando las élites francesas descubrían a los «franceses provenientes de la inmigración», sistemáticamente descritos como franceses de segunda zona por ser «culturalmente distintos», funcionando como un código que permitía hablar de racismo sin ser explícitos. Esta codificación, esta forma de decir sin decir, es la marca de fábrica de la islamofobia: la que permitió regenerar el racismo al que nos referíamos, en el periodo inmediatamente posterior a la descolonización, cuando estaba condenado a desaparecer.

La codificación refleja evidentemente la manera en que las élites francesas miran al pasado. Francia es un país al que le cuesta mucho mirar su pasado a la cara. Han hecho falta décadas para tomar consciencia de la amplitud de la colaboración del régimen de Vichy con los nazis. Y hoy luchamos para que se reconozca el pasado colonial de Francia. Las cosas han avanzado un poco después de quince años en lo que concierne a Argelia, pero todavía quedan en la historia colonial de Francia innombrables zonas sombrías que nuestros dirigentes todavía se niegan a reconocer. Hace solo cinco años, un primer ministro francés (François Fillon, durante el mandato de Nicolas Sarkozy) acudió a Camerún a declarar que la guerra que allí libró Francia en los años 1950-1960, una guerra que dejó a decenas de millares de muertos, ¡fue una «pura invención»! ¿Ven dónde estamos todavía…?

Resumiendo, todo eso para volver a lo que estaba diciendo, a saber, la gran dificultad para considerar el racismo, y su variante islamófoba en particular, como un fenómeno sistemático, refleja la negación del privilegio estructural del que gozan los blancos de nuestra sociedad. Francia, que históricamente ha tenido que aceptar la descolonización, pero sin embargo siempre se ha negado a descolonizarse a sí misma, va con retraso en la compresión del racismo.

 

MEE: ¿Qué dice la sociedad francesa de la figura del «musulmán» tal y como se ha construido mediática y políticamente?

Thomas Deltombe: No estoy seguro de ser capaz de decir lo que ese «musulmán imaginario» puede decirle a la sociedad francesa en general. En cambio, la forma en la que los medios de masas y los políticos a nivel nacional dicen del islam desvela mucho sobre el funcionamiento de las «élites» (aquí también, muy entrecomilladas). Estas élites, tan parisinas, viven en una especie de jarrón cerrado, muy alejadas de las realidades sociales francesas. La manera en que describen a los «musulmanes» es a su vez una muestra de esta distancia (¡pueden decir literalmente lo que quieran sin ser nunca desmentidos!) y un instrumento para mantener dicha distancia (convertir al «musulmán» en un enemigo identitario y seguro permite que los no musulmanes cierren filas).

Basta con mirar los resultados de los sondeos efectuados con regularidad sobre el «sentimiento de los franceses sobre el islam», particularmente en periodos marcados por atentados, para comprender que la islamofobia es un medio suficientemente poderoso para «unir a los franceses». También es un medio para que los responsables políticos ganen elecciones y algunos periodistas dinero. Algunos años después de la publicación de las caricaturas danesas del Profeta Mohamed en Charlie Hebdo (2006), se supo que su entonces director, Philippe Val, había cobrado 333.000 euros a título personal.

Lo que las representaciones mediáticas de «musulmanes» revelan también es el pánico a dichos «musulmanes», o leídos como tales, provocado entre las élites. En los años setenta, esas mismas élites se mostraban generalmente «generosas» para con los «árabes». En la televisión, por ejemplo, se veían a menudo consignas para luchar contra el racismo del que estos últimos eran las víctimas. Algunos periodistas se interesaban generosamente en las «tradiciones» y «costumbres», incluidas las religiosas, de los inmigrados. Estos últimos dominaban generalmente menos los códigos sociales que les hubiesen permitido hacerse entender, los periodistas no escatimaban en su paternalismo, en tono: «vamos ayudar a que se integren». Treinta o cuarenta años más tarde, el ambiente es muy distinto: los descendientes de inmigrantes dominan perfectamente los códigos políticos y sociales para hacerse entender, y están cansados de las estúpidas y puerilizantes consignas de «integración». Ese fue precisamente uno de los mensajes de la «Marcha de la dignidad y contra el racismo» organizada en París, de manera perfectamente autónoma, el 31 de octubre de 2015.

 

Finalmente, lo que revelan los retratos que se hacen de los «musulmanes» en Francia, es la increíble traición histórica de la izquierda política. Elegido por un programa progresista en 1981, el partido socialista francés no ha cesado de traicionar sus promesas electorales y de consumir los esfuerzos de las organizaciones antirracistas. Sin entrar en detalle, se puede citar un ejemplo flagrante: desde hace cuarenta años, el partido socialista pide ser elegido prometiendo el derecho a voto a los extranjeros afincados en Francia y, cuando es elegido, reniega de esa promesa. A día de hoy, el gobierno «socialista» de François Hollande dirigido por Manuel Valls (quienes también prometieron el derecho a voto para los extranjeros y también renegaron de lo prometido) ha instaurado un «estado de emergencia» que no es otra cosa que la réplica del estado de excepción que el gobierno francés instauró en Francia en 1950 para erradicar a los independentistas argelinos durante la guerra de Argelia. Hace un momento usted me hablaba de «ruptura», creo por mi parte que las continuidades son muy reveladoras…

 

Publicado por Hassina Mechai, en Middle East Eye, el 25 de enero de 2016 y traducido por el Observatorio de la Islamofobia en los Medios

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